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Rocío Bello: «El público está vivo, el teatro está vivo. Podemos encontrar algo en lo que creer, algo de lo que enamorarnos»

Rocío Bello

Manifiesto
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Rocío Bello

REALIDAD

El mejor regalo que me ha ofrecido ser la dramaturgista de Nave 10 en la temporada 25-26 no ha sido tener un sueldo haciendo lo que me gusta. Tampoco ha sido lo mejor aprender a escribir de nuevo, escribir diferente, escribir sobre miradas ajenas para que lo lean todo tipo de miradas. Tampoco ha sido lo mejor, y por poco gana este premio, los trabajadores y trabajadoras de Nave 10, que me han hecho sentir parte de esa familia. Digo lo mismo de los artistas y las artistas que han pasado por el teatro. Y de las personas relacionadas con la labor de mediación que lleva a cabo Nave 10: larga vida a la Escuela de espectadores y a la Residencia de dramaturgia.  Conocer a muchos de ellos y ellas ha sido estupendo, pero no lo mejor. No ha sido lo mejor tener el honor de ocupar este puesto de dramaturgista, una palabra que solo conocemos de los alemanes o de los libros de teoría teatral. No ha sido lo mejor, aunque confieso que casi, seguir los pasos de Antonio Rojano y generar una definición para lo que hacemos: acompañar una programación, el concepto que tiene Luis Luque para este teatro público, y trasladarlo a los ciudadanos y ciudadanas de Madrid. Pero repito, eso no ha sido lo mejor. Lo mejor, y estoy convencida de ello, lo que más me ha enseñado, lo que más me ha hecho disfrutar, es asistir a todos los estrenos de una temporada de un teatro. 

Pero voy más allá, lo mejor no ha sido exactamente estar en esos estrenos y ver las piezas, diversas, que han generado en mí amplitud de miras, de las apuestas por voces nuevas y conocidas, de los diferentes estilos y maneras de ver el teatro. Lo mejor, por encima de todas las cosas, ha sido el público, ver al público de los estrenos. Me he enamorado del público. Cada uno de los días que recogía la entrada en taquilla, cada uno de los días que entraba por ese pasillo, acompañada de tanta gente, no dejaba de pensar en Emilia Pardo Bazán y en sus crónicas decimonónicas comentando el vestuario de los asistentes, entre otras muchas cosas. Y es que incluso en los estrenos, en donde hay amigas y profesión, donde hay prensa y despistados, donde hay fieles, familiares y protocolo, el aplauso del público es el mejor espectáculo que se puede vivir en un teatro. 

Y aunque la Corte sí que ha pisado esta temporada Nave 10, no asistió a un estreno, así que la dejamos fuera de la enumeración de este inventario de Madrid en el que se convierte Nave 10 cada tarde de estreno: los grupos de amigos de mediana edad, las parejas de señoras que, como mis vecinas, van a todo, gente que baja a Madrid, gente que sube a Madrid, los críticos que repiten aunque sea para dar una estrella, las alumnas de la Escuela de Espectadores que tienen otras cosas el día del pase general, que es cuando va el resto del grupo, gente con traje y gente con chándal, Charos, Cayetanos, actrices y actores que aprovechan todas las entradas, una actriz madre de otra actriz, la periodista que sale en la tele el sábado por la tarde, funcionarias, autónomos, personal laboral, un hombre con visera que pide entradas en la puerta de las taquillas, familias de artistas que llegan tarde y se quieren sentar juntas, y aunque hay también gente joven, queda pendiente, como en el resto de teatros, que se llenen las plateas de adolescentes. Con toda esa gente he estado. Y todas las veces que hemos aplaudido juntas ha sido diferente. Ha habido aplausos de emoción, de fiesta, de sobrecogimiento e incluso de no entender nada. También de sorpresa de complicidad, de admiración y, sobre todo, de encuentro. El público está vivo, el teatro está vivo. Podemos encontrar algo en lo que creer, algo de lo que enamorarnos. Como me he enamorado yo. Como se enamoró Emilia Pardo Bazán en el estreno de Realidad, de Benito Pérez Galdós. 

El público advertía que allí se encerraba algo muy grande, tal vez muy revolucionario, y rendía culto al Dios todavía ignoto.